La valentía de ser metalero en Colombia

Han aguantado todo, señalamientos, asesinatos, el desprecio de una sociedad católica que los ha visto como los propios hijos de satán

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febrero 25, 2021
La valentía de ser metalero en Colombia

En la otra vida quiero reencarnar en el cuerpo de un metalero. Si uno es metalero nunca estará solo. Con unos audífonos y una canción de Iron Maiden no existe el vacío. Pero en pocos países del mundo ha sido más difícil ser metalero que en este. No sólo porque somos un país caribeño donde otros sonidos han acaparado las emisoras locales sino porque acá hubo una época en la que estaba prohibido ser metalero.

A finales de los ochenta, como bien recuerda Jacobo Celnik en su historia del Rock Nacional, Pablo Escobar lanzó una ofensiva contra todos los que llevaran las mechas largas, peinados raros, olieran a vareta y llevaran camisetas de grupos como Slayer. Proscritos, fueron señalados, masacrados, desaparecidos, estigmatizados, discriminados hasta por los mismos rockeros. Los esperaban en las afueras de los bares en ciudades como Medellín y allí los sicarios probaban puntería con muñecos reales. Y ellos siguieron tan firmes, tan parados, tan consecuentes.

Medellín no fue la única ciudad donde mataron metaleros. En Cúcuta, durante la incursión militar al Catatumbo que llenó de cuerpos hinchados los ríos de la frontera. En barrios como Atalaya los pelaban a navaja limpia. Les rompían sus camisetas de Anthrax. Si hablaban los mataban. Si se movían los mataban.

El metal es un gusto adquirido. Es difícil entender como alguien puede escuchar a todo volumen en sus audífonos una canción de Sepultura. El metalero se mueve no sólo por una posición estética sino por una postura política. Un pogo es una declaración de principios. En el Rock al parque del 2018 Masacre, la banda de Medellin, celebraba sus 30 años de historia. Nacieron justo cuando el odio a los jóvenes de este país estaba más exacerbado. Recuerdo que fue el sábado –siempre ese es el día del Metal- y había en la plaza principal del evento unas 100 mil personas. El Pogo fue demoledor, toda una declaración de principios. Me dio envidia no poder resistir toda esa potencia, no entender esa pasión.

Admiro la erudición y la valentía de los metaleros colombianos. Los dos conciertos de Metallica fueron tan liberadores. En 1999 se presentaron por primera vez, justo cuando el sunami paramilitar golpeaba con fuerza al país. Miles de jóvenes llegaron colgados de los buses de todas partes de Colombia. Lo vendieron todo, lo probaron todo con tal de poder sacudirse con Master Of Puppets. Si, mucho niño bien de Bogotá fue porque había que estar y tener fotos del acontecimiento, pero la mayoría fueron a entregarse con la pasión de un barra brava a su equipo de fútbol favorito. Fue una bocanada de aire fresco para los magullados jóvenes colombianos. Siempre que regresa Metallica es como si volviera un papa. Un Papa negro más benigno y hermoso que cualquier Francisco.

Ojalá escucháramos más metal. Hay documentales como el de Sepultura en Netflix capaces de hacerle entender a los vernáculos como es ese culto, porque desata tanta energía. Son los sonidos de la selva. Cada vez son más los jóvenes que empuñan la bandera, que toman esta música como su grito de guerra. El metal nunca morirá.

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