La tarde en que mataron al papá de Hector Abad Faciolince

Hace 32 años fue asesinado en las calles de Medellín el hombre duro de la UP. Su nieta recreó los detalles en el documental Carta a una Sombra

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Julio 01, 2015
La tarde en que mataron al papá de Hector Abad Faciolince

La mujer que lo llevaría hasta sus asesinos llegó a las tres de la tarde. Estela, su secretaria, juró que entre toda la gente que iba al consultorio en el edificio Colseguros de Medellín nunca había visto a esa señora grande, vestida de marrón y misteriosa que traía  una razón del sindicato de maestros. Ese 25 de agosto de 1987, en la mañana, habían acribillado al abogado Luis Fernando Vélez, el presidente del gremio de profesores, luchador incansable de la vida y otra víctima de la guerra que se había desatado contra los defensores de derechos humanos. A Vélez lo tenían en la sede del sindicato y la emisaria hizo creer que mandaban a buscar a Héctor Abad para que pronunciara unas palabras en el velorio. .

Abad  llegó a su oficina a las cinco de la tarde, rodeado del enjambre de discípulos que siempre lo acompañaban. La agenda se le apretaba cada vez más. A pesar de que ya no daba clases en la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia de donde se había jubilado se mantenía ocupado entre el cultivo de rosas de la  finca en Rionegro, la presidencia del Comité Permanente de los Derechos Humanos en Antioquia y su reciente designación como precandidato por el partido Liberal a la alcaldía de Medellín. Cecilia Faciolince, su compañera desde la juventud con quien tenía seis hijos lo esperaba en la oficina junto a  Héctor, el único varón de la familia a quien cariñosamente llamaban Quiquín. La enigmática mujer quien no esperó para acercársele a Abad permanece grabada en la memoria de Cecilia. La vio caminar al lado suyo y de Leonardo Betancur, su discípulo querido mientras se desplazaban a pie por el centro de Medellín hacia  la sede del sindicato del magisterio. .

Quiquín tenía 28 años y acababa de llegar de Italia con su hija Daniela y su esposa. Héctor no tenía afán en una familia donde el papá era un cómplice que no entendía todo. Razón tenía el abuelo Abad cuando decía que al niño, de tanto consentimiento lo iban a a terminar mariquiando. El novelista solo recuerda la reprimenda paterna cuando a los trece años, llevado por el espíritu gregario de los adolescentes, apedreó la casa de un judío vecino de la cuadra. Su padre lo obligó disculparse con el  señor Manevich y luego lo llevó a la biblioteca donde le mostró imágenes del holocausto nazi. Hector Abad Facciolince borró para siempre cualquier sentimiento antisemita o racista.

La llamada entró sin preámbulos. Un amigo al otro lado de la línea lo recibió con alivio: “que bien oírte porque por ahí andan diciendo que te mataron”. Recién había colgado cuando los hechos lo atropellan. Busca a su mamá quien trabaja en la planta baja del mismo edificio Colseguros y sin titubear le advierte que al parecer ha pasado lo  peor. Crecen los rumores en la calle. Madre e hijo aceleran el paso. Por la mente de Cecilia empiezan a aparecer las imágenes de los últimos años, cuando su esposo empezó esa cruzada suicida contra los estamentos del estado que ordenaban asesinatos y desapariciones, cuando radicalizó aún más su lucha contra la peor enfermedad que podía padecer Colombia: la de la pobreza y la desigualdad. En el club sus amigas le advertían que si Héctor seguía encabezando marchas por la vida y denunciando a militares y políticos desde su programa de radio y desde su columna en El Colombiano iba a terminar muerto. El cuerpo cubierto por una sábana ensangrentada con sus  zapatos negros, inconfundibles, hablaban solos.

Cuando Hector llegó a la puerta del sindicato el féretro de  Luis Felipe Vélez ya había partido. Intrigado buscó a la mujer del vestido marrón que ya no estaba. Dos sicarios se bajaron  una moto a cumplir la tarea: le vaciaron seis balazos en la cabeza, el cuello, el pecho. Leonardo Betancur intentó protegerse en el edificio pero las balas se le adelantaron y cayó al lado de su maestro.

Quiquín le estrechó su mano ya fría.  Se le vinieron los recuerdos en cascada: la voz grabada en los cassettes que enviaba con los relatos de sus viajes por países lejanos mezclados con su voz con las canciones de Julio Iglesias que tanto le gustaban, los días felices en México cuando como agregado cultural en el gobierno de López Michelsen su padre le abrió las puertas al mundo de la literatura presentándole a Helena Poniatowskia,  Carlos Monsivais, Tito Monterroso y después de leer los seis tomos de En busca del tiempo perdido Hectro Abad Facciolince supo que lo único que quería hacer en esta vida era escribir.

Nadie sabe quién lo mató. Reunidos en su finca en Rionegro los hermanos Abad Faciolince se entregan a las conjeturas y a las especulaciones. Hector tiene presentes las llamadas anónimas que arreciaron a través de voces anónimas celebrando el asesinato de su padre calificado como idiota útil de la guerrilla del Epl y tanto más, y tanto odio que logró exorcizar en su novela El olvido que seremos con el que además inspiró a su hija Daniela para reconstruir la imagen de ese bello abuelo que si acaso pudo conocer, en  el documental Carta a una sombra que le tomó cuatro años armar y que apenas se empieza a descubrir.

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