Opinión

La batalla contra la religión está perdida

Superar los extremismos exige un escenario utópico: el de la superación de las creencias religiosas

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febrero 08, 2016
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Acabo de terminar de leer Sumisión, la publicitada novela del Michel Houellebecq, ambientada en el París próximo a las elecciones presidenciales del año 2022 y en la que se relata el proceso de conversión al islamismo del Estado francés, de la academia y de la misma sociedad gala.

Parte de la publicidad que llevó el libro a la lista de los más vendidos, derivó de la inquietante coincidencia de que el mismo día en que se programó la llegada de la novela a las librerías francesas, ocurrió el atentado terrorista al semanario Charlie Hebdo. No cometeré, por supuesto, la inelegancia de contar la trama del relato, solo diré que se me hizo tan perturbador por la imagen que revela, como trágico por lo verosímil que resulta.

No son pocos los libros que se han adelantado a su tiempo abriendo una ventana hacia el futuro. Pienso, como es apenas obvio, en 1984 de Orwell que anticipó el establecimiento del Estado vigilante, o en Daedalus de J.B.S. Haldane que previó la concepción in vitro, o en la sorprendente Stand on Zanzibar donde John Brunner anunció, apenas en 1969, la televisión por demanda, las impresoras láser, la conformación de la Unión Europea o la despenalización de la marihuana. Pues bien, luego de leer la novela de Houellebecq, no logro sacarme de la cabeza el pesado presentimiento de que Sumisión hace parte también de esos relatos que el devenir de la historia termina mudando de ficcionales a premonitorios.

Es verdad que hoy se adelanta una guerra contra el islamismo radical, que esa guerra está muy lejos de terminarse y que aventurar un diagnóstico sobre su final es insensato y cándido. Aun así, la novela se me hace desgarradoramente verosímil, no porque esté convencido de que nos dirijamos a un escenario donde la mítica universidad de La Sorbona se convierta en un claustro para la enseñanza del islamismo o donde las minifaldas veraniegas de Champs-Élysées cedan el paso a las burkas. No. La verosimilitud del relato de Houellebecq (y el desaliento que transmite), reside en que los cambios que suceden en la Francia de la novela, y que entiendo que para muchos resulten por completo improbables, provienen de una situación, esa sí imposible de negar, que permea por completo la sociedad occidental de nuestros días: me refiero a la estrechez, a la incapacidad, al temor (llámelo como cada uno lo desee) para reconocer que en la médula de todos los odios religiosos no está otra cosa que la creencia religiosa misma; dicho de otro modo, la incapacidad para aceptar que la religión (cualquiera, en cualquier nivel de práctica) es un elemento que promueve el odio disfrazándolo de amor.

En la médula de todos los odios religiosos
no está otra cosa que la creencia religiosa misma

Lo malo no es la religión sino lo que algunos hacen con ella. Ese es el insípido argumento con el que responden cientos de creyentes. Y es insípido porque es una verdad de Perogrullo. Por supuesto que lo malo no son las armas de fuego sino lo que algunos hacen con ellas. Pero no hace falta un posgrado en filosofía para descubrir que sin armas de fuego no habría muertes por armas de fuego.

Ni los fundamentalistas islámicos se lanzan a las guerras santas, ni los extremistas católicos queman clínicas de abortos porque interpreten erróneamente sus respectivos textos sagrados. Por el contrario. Lo hacen porque los interpretan de forma minuciosa y proceden a ejecutar exactamente lo que ellos les ordenan.

El resto de creyentes, es decir la mayoría, no hacen otra cosa que vivir una creencia descafeinada y modificada según sus necesidades personales, pero una creencia –al menos es exactamente así para los tres grandes monoteísmos- estructurada sobre un sistema de exclusión que proclama la existencia de una verdad única y que condena a quienes no la profesen.

Superar los extremismos exigiría un escenario utópico: el de la superación de las creencias religiosas. Pero los seres humanos se aterrorizan ante su caducidad, prefieren una mentira tranquilizadora a una verdad incómoda, eligen siempre, en lugar de tomar las riendas de una existencia difícil, la promesa de que un ser magnífico resolverá sus angustias. Por eso jamás desaparecerá la creencia religiosa y, por eso mismo, tampoco lo harán los extremismos.

La lucha contra la superstición religiosa es una batalla perdida. Lo reconozco.

Pero no se llamen a error. Esa batalla no la pierden los ateos o los movimientos anticlericales, la pierde de modo catastrófico el género humano que persiste en su más pesado lastre evolutivo y renuncia a superar su estado infantil.

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