Opinión

Hagámonos pasito, padre

Por:
diciembre 15, 2014
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En el mes de diciembre es común encontrar en los medios de comunicación desde floreados relatos del nacimiento de Jesucristo hasta insoportables invitaciones de locutores fervorosos para que permitamos que el niño Jesús nazca en nuestros corazones (¿no existe una legislación contra el mal gusto?).

Todo como parte del folclor navideño que, hay que aceptarlo, también tiene sus aristas encantadoras en los rituales familiares de reencuentro y ágape.
Por eso mismo, porque no suelen ser más que explosiones folclóricas, no me tomo el trabajo de responder a ninguna de esas columnas que entremezclan citas de villancicos, fervor cristiano y omisiones históricas.

Sin embargo, esta semana encontré una publicación que amerita una réplica. Me refiero a la columna del sacerdote católico Hernando Uribe en el periódico El Colombiano del pasado viernes, titulada Diciembre.

En la mencionada columna y haciendo gala de la más fina grandilocuencia cristiana, el padre Uribe presenta el nacimiento de Jesús como "El acontecimiento más portentoso de la creación, hasta marcar la historia humana y divina con novedad inaudita para siempre." Hasta ahí cero problemas: crecemos acostumbrados a la adjetivación rimbombante de las creencias por más que sean indefendibles desde la razón y diciembre es época fértil para esa costumbre rococó.

Sin embargo, de la acostumbrada exaltación de dios, el columnista salta a emitir juicios sobre el ateísmo desde una postura tan delirante, que merece un par de párrafos como respuesta.

Escribe el padre Uribe: "Hay modos diferentes de ser ateo, de no creer en Dios, aunque creamos en una luz que está más allá de nosotros, y que nos ilumina, pero que, por maravillosa que sea, no pasa de ser una cosa más de las que existen.
Estos hombres siguen viviendo antes de la Encarnación, a más de dos mil años de distancia, en que la gente vivía del presentimiento de Dios, algo imposible de concretar en lo que veían, oían, olían, gustaban y tocaban."

Que los infieles vivimos a dos mil años de distancia, afirma el sacerdote. Tan cómico como inexacto.

Se impone recordarle al padre Uribe que mientras califica a los ateos de anacrónicos y descontextualizados, su religión (la que su columna defiende cada semana) exige creer (sin cuestionar, por supuesto) no solo que un hombre (hijo de una mujer que no tuvo sexo) cometió suicidio (incitado por su padre) para que nuestras faltas fueran perdonadas (es decir, para que no tuviéramos que hacernos cargo de ellas), sino que además y solo por mencionar algunos ejemplos, que los niños que mueren de cáncer en los hospitales son amados por ese dios que podría salvarlos pero no lo hace, o que todos somos iguales ante los ojos del creador pero los homosexuales deben pedir disculpas por no se qué, o que la guía moral de la humanidad debería ser un libro que valida la violación y el asesinato.

¿Quién vive a más de dos mil años de distancia?

No, padre.
Una cosa es que utilice el entorno propicio de sociedad, época y medio de comunicación para el proselitismo en favor de su creencia y otra muy diferente que haga uso de ese privilegio para reforzar los prejuicios en contra de quienes piensan de un modo diferente al suyo y cuyos postulados evidentemente desconoce.

El pensamiento escéptico, ese glorioso logro de la humanidad (ahora me concedo yo el derecho a adjetivar), promueve el uso de la razón como herramienta preciosa y propende por el establecimiento de una moral humanista y laica. No amenaza con condena eterna alguna, no discrimina a la mujer, no justifica el sufrimiento humano, no adoctrina niños: cualidades todas de las que su creencia no puede alardear.

Hagámonos pasito, padre. Para usted es bien sencillo. La sociedad en la que vive lo favorece. Basta con que no hable de lo que no sabe.

 

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