¿Empatía? Eso no existe en Colombia, acá el dolor ajeno se disfruta

La violencia se ha naturalizado tanto en nuestra cotidianidad que la tragedia que viven otros se convierte en un tema de conversación trivial

Por: David Sáenz Guerrero
mayo 06, 2019
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¿Empatía? Eso no existe en Colombia, acá el dolor ajeno se disfruta
Foto: PxHere

El miércoles en la noche me encontraba con dos amigos en un bar. Me sentía cansado por un arduo día de trabajo, aun así estaba intentando disfrutar de la compañía y de la amistad de mis acompañantes. Justo en la mesa que estaba al lado de nosotros se encontraban tres amigos, seguramente en la misma situación que nosotros: gozando del encuentro con los cercanos.

De repente se hizo evidente que nuestros vecinos de mesa se emocionaron con la conversación y no fue posible evitar escuchar lo que estaban diciendo. Hablaban sobre los camiones de guerra que atropellaron a los manifestantes que protestaban en contra del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Lo que captó mi atención inmediatamente fue la emoción con la que hablaban, parecía que estuviesen narrando una película de acción protagonizada por personajes ficticios o por dibujos animados hechos a computador. Se reían del “mierdero” (así lo escuché) en el que debió quedar la ciudad de Caracas después de los ataques.

Esta situación me condujo a pensar que nuestra sociedad mecanizada no está logrando distinguir entre la realidad y la ficción. Tal vez el aparente infinito flujo de información que encontramos en las redes sociales y en los canales periodísticos, no nos está posibilitando reflexionar ni pensar sobre la magnitud del sufrimiento humano. Me preocupó que no sintamos nada ante el dolor ajeno, que no se muestre ni siquiera un rasgo de compasión ante la miseria de los otros.

Así mismo, recordé un episodio que se narra en 1984 de Orwell, en este Winston Smith retrata lo que sucedió hacía un par de noches en el cine:

“Anoche estuve en los flicks. Todas las películas eran de guerra. Había una muy buena de su barrio lleno de refugiados que lo bombardeaban no sé dónde del Mediterráneo. Al público lo divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo que intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía, primero se le veía en el agua chapoteando como una tortuga, luego lo veías por los visores de las ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrara por los agujeros que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba hundiendo en el agua…”

Esta escena distópica presentada por Orwell la aprecié como una alerta. Me sentí como uno de los personajes de la obra del escritor:  viviendo en una sociedad carente de emociones reales y adicta al consumo y al disfrute de las desgracias de los otros.

Es necesario decir que este escrito no se trata sobre la crueldad de un régimen: se trata sobre la naturalización de la violencia en nuestra cotidianidad. Se trata sobre cómo la tragedia que viven los otros la convertimos en un tema de conversación trivial que desdibuja el rostro sufriente de la víctima; del oprimido. Vale la pena recordar que, desde la visión kantiana, el daño que se le hace a un ser humano es un daño que se le causa a toda la humanidad [1].

[1] Grupo de Memoria Histórica. (2013). ¡Basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad informe general. Bogotá: Centro Nacional de Memoria Histórica.

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