Opinión

Dos rones y un porro, por favor

La tolerancia al consumo de la marihuana se ha instalado en la sociedad colombiana de manera tan sutil y lenta como progresiva e irreversible

Por:
agosto 08, 2016
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Desde la semana pasada se han escuchado fuertes cuestionamientos al proceso de otorgamiento de licencias para la producción de marihuana medicinal en Colombia.

Y celebro eso. No la vigilancia en forma de cuestionamiento (que me parece necesaria y digna de aplauso), sino el hecho de que la discusión sobre el tema de la marihuana comience a desplazarse hacia el campo de la normatividad; que dejemos de gastar tinta y saliva en discusiones sobre la malignidad de la hierba asesina para centrarnos en desarrollar una normativa clara sobre su comercialización y unas contundentes políticas de educación enfocadas a la prevención del abuso en el consumo.

Sería tan iluso afirmar que Colombia ha roto el prejuicio contra el cannabis como absurdo desconocer que estamos en un lugar por completo diferente al de, por ejemplo, la década de los ochenta, cuando el adjetivo marihuanero encerraba la peor de las satanizaciones.

Como suele suceder con los cambios sociales cuando son en verdad medulares, la tolerancia al consumo de la marihuana se ha instalado en la sociedad colombiana de manera tan sutil y lenta como progresiva e irreversible.

La marihuana no es inocua. Sostener eso resulta irresponsable. Sus efectos sobre el sistema nervioso van desde la trivial alteración del estado de alerta (igual que un antigripal) hasta el potencial de disparar un estado psicótico en pacientes susceptibles.

Sin embargo —y este es el lugar en el que todos deberíamos situarnos a la hora de emitir un juicio sobre la hierba— no existe uno solo de sus efectos (¡ni uno solo!) que no sea producido en igual o mayo intensidad por la más aceptada de todas las drogas: el alcohol. De hecho, algunos efectos del alcohol, como por ejemplo la toxicidad, no han sido descritos en la marihuana: cientos de personas mueren anualmente en el mundo víctimas de intoxicación etílica y aún no se describe la primera intoxicación cannábica.

Esa comparación, por supuesto, no convierte a la marihuana en una sustancia inocua, pero sí devela los lugares desde los cuales nuestra sociedad ha edificado su concepto sobre el asunto: el prejuicio y la ignorancia.

 

 

No creo que haya una sola persona en Colombia
que afirme que se deba prohibir el consumo de ron, cerveza o vino
para enfrentar el alcoholismo y la cirrosis

 

No creo que haya hoy una sola persona en Colombia que afirme que se deba prohibir el consumo de ron, cerveza o vino para enfrentar el alcoholismo y la cirrosis. En el caso del alcohol parece haber absoluta unanimidad en que corresponde a la educación y al sistema de salud el papel de enfrentar el abuso del consumo. Pues no existe, digámoslo con todas sus letras, una causa diferente a la ignorancia o a la hipocresía para sostener que el consumo de cannabis deba manejarse de una forma diferente a como se maneja el consumo de alcohol.

Las rutas de la prohibición y de la persecución se han probado por años con nulos resultados. Ahora es el tiempo de la legalización y de la educación para la prevención del abuso.

El proceso ha comenzado. Estamos justo en la transición entra prohibir y legalizar, lo que me permite ser en este como en muy pocos temas de la vida nacional, francamente optimista. Creo que pertenezco a la generación que asistirá a ese momento en el que, a plena conciencia y sin la espesa sombra del prejuicio, podamos llegar a un bar y pedir al mozo “dos rones y un porro, por favor”.

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De apostilla

 

Tengo derecho a reírme
de quien se emborrache y luego,
biblia en mano, lance fuego
contra el cannabis y afirme
que hace falta pulso firme
para salir adelante.

Quien chupe anís embriagante
y hable de hierba espantosa
solo es una u otra cosa:
muy falso o muy ignorante.

 

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