Con la firma de la paz, nuestra historia pudo tomar otro rumbo

Aunque esto no significaba que la violencia acabaría, sí pudo haber funcionado como símbolo de unión entre todos los colombianos

Por: David Sáenz Guerrero
mayo 30, 2019
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Con la firma de la paz, nuestra historia pudo tomar otro rumbo
Foto: Flickr Presidencia México - CC BY 2.0

Pareciera que de nuevo la desesperanza invadiera cada rincón de nuestro país. El panorama nacional da tristeza y un deseo profundo de huir. El odio se ha instalado en las maneras de hacer política y de hacer periodismo. Nuestros gobernantes actúan con omisión para contrarrestar las injusticias y, el periodismo muestra las desgracias ajenas como si fueran capítulos de una serie de televisión. Nuestra situación es tan macabra que, “702 líderes sociales y 135 excombatientes habrían sido asesinados desde firma del acuerdo de paz”[1].

Es necesario decir que nuestra historia pudo tomar otro camino el 27 de octubre del 2017 (día en que se firmó el acuerdo de paz con las Farc en Cartagena). Bien es cierto que los diálogos y la firma del acuerdo de paz con las Farc no significarían que la violencia se fuera de nuestra casa común; no obstante, sí pudo haber funcionado como un símbolo de unión entre todos los colombianos. Símbolo que posibilitaría la acción y el deseo de salir de esta pesadilla que ha dejado consigo a más de ocho millones de víctimas y que por encima de todas las cosas, nos ha convertido en una nación de ciudadanos indolentes e insensibles ante el dolor de quienes han quedado en medio de un fuego cruzado; fuego en el que las víctimas no saben ni siquiera qué Ejército es el que les dispara ni por qué.

Frente a este triste panorama es necesario plantearnos algunas preguntas, por ejemplo: ¿por qué nuestra indolencia frente al dolor de las víctimas, de los líderes sociales y frente a los homicidios de los excombatientes?, ¿por qué no nos duele la muerte de los hermanos? ¿Será que no los consideramos tan humanos como nosotros?, ¿por qué las palabras no nos dicen nada?

Tal vez el gran flujo de información y la distorsionada realidad que nos presenta la civilización del entretenimiento nos tiene sumergidos en el universo de la confusión, aun así, ¿qué podríamos hacer?, ¿en dónde podríamos encontrar una voz sensata? Me atrevo a decir que la voz reflexiva la debería recobrar el periodismo: un periodismo que nos despierte de nuestro letargo. Todos los periodistas del país deberían unirse y denunciar con criticidad, no obstante, con una apuesta por la reconciliación y la paz, para que este bello oficio no se continúe instrumentalizando en la lógica de ser el medio del odio. De nuevo, hay que ser críticos, pero sin odio, sin invitar a la muerte. La función social y política del periodismo no puede ser esta, por el contrario, el periodismo, ha de motivar a la cultura cívica del perdón, para que, “tarde o temprano la cultura del perdón sea una virtud cívica, sin dejar de ser para muchos solo virtud religiosa” (Reyes Mate).

 

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