Colombia no aguanta más “fumigados” con glifosato

¡Qué fácil es decidir desde un escritorio que ventilen esta sustancia a diestra y siniestra! ¿Acaso todas las personas que se han visto afectadas no importan?

Por: Daniel González Monery
Marzo 14, 2019
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Colombia no aguanta más “fumigados” con glifosato
Foto: Flickr Policía Nacional - CC BY-SA 2.0

¡Qué sencillo es hacer elecciones que no te afectan! Claro, es que la enfermedad y la muerte que arrastra el viento no pasa por los cristales, ni por las cortinas de fino lino de las oficinas de los que deciden. Qué importa que nazcan más niños con deformaciones congénitas o que el cáncer y los problemas neurológicos se incrementen en las poblaciones que reciben los efectos del riego siniestro.

¿Qué faltan estudios al respecto? Se debe aplicar el principio de precaución de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1992) que dice: “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente”. El principio está incorporado en la legislación colombiana desde 1993. En 2015, la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés), adscrita a la Organización Mundial de la Salud (OMS), determinó que el glifosato era un compuesto “potencialmente cancerígeno” para los humanos.

“Fumiguemos”, dicen los de siempre. Qué importa que esta sea la estrategia de la derrota, la que arruina cultivos lícitos de los más pobres y vulnerables; qué importa que al paso del tiempo se repita el estúpido ciclo de: fumigar, contaminar, enfermar y empobrecer para que, al final, Colombia siga figurando como la primera productora de coca, la que más muertos pone en la tarea de disminuir los cultivos y atacar el tráfico, la mala del paseo, la que no hace lo suficiente y a la que hay que exigirle que coloque más soldados pobres y vulnerables en la boca del lobo. Así año tras año, gobierno tras gobierno, haciendo que se cumpla la sentencia de Einstein: la gran estupidez del hombre es repetir una y otra vez aquello que no da resultado, en lugar de cambiar la estrategia.

Ni hablar de la erradicación voluntaria de cultivos con la promesa de que habrá apoyo para nuevos emprendimientos, que nunca se concretan. Colombia firmó un acuerdo de paz pero, la verdad sea dicha, la implementación de esos acuerdos está sobre los hombres y mujeres del campo a quienes se les pide que apoyen la erradicación, que lideren la restitución de tierras, que denuncien, que reclamen. Ellos responden a la paz sí, con la mejor buena fe y los más lamentables resultados. Colombia se compromete con la baja en la producción de la coca, pero no exige en contrapartida disminución en el consumo; Colombia y todas las naciones del mundo saben que este es un problema global que exige soluciones globales. Y, sobre todo, un cambio total de rumbo.

Se ha intentado una estrategia mundial para darle un marco de legalidad al tema de las drogas, pero siempre resultan los enemigos a quienes no les interesa esta opción porque no les es tan rentable como la ilegalidad. ¿Cuántos muertos más, cuánta tragedia más será necesaria para que se repita la historia del cigarrillo y el licor que terminaron siendo legalizados? Da risa ver cómo se identificó hace unas décadas a la marihuana con el mismo satán, para llegar hoy a verla no solo legalizada sino cotizando fuerte en la bolsa y bendecida por quienes descubrieron que quitaba dolores del cuerpo y del alma y que se la había metido, equivocadamente, en la misma cesta de las peores sustancias psicoactivas.

Las drogas sintéticas, más temprano que tarde, se tomarán el mercado que hoy ocupa la coca cultivada en nuestras tierras. Cuando eso ocurra, las próximas generaciones verán cuánta estupidez ha habido en la política antidrogas colombiana, cuanto dolor se habrá sembrado en nuestro campo en lugar de tomar en serio las promesa no cumplidas de volcar el gobierno hacia una población rural que ha sido la mártir del negocio de las drogas, la que sufre y la que espera una redención que no llega. Así, el 57 % de familias que viven en zonas de cultivos de coca son pobres y un 35 % vive en pobreza extrema.

Colombia necesita un gobernante que no tenga miedo de decir: “cambiemos el rumbo, que no vamos para ninguna parte”, no un presidente que repita errores viejos buscando aplausos de los consumidores de siempre, los beneficiados de siempre, los poderosos de siempre. Colombia debe volcarse al campo, no envenenar sus campesinos y al medio ambiente, ni llenar el Ejército y la Policía de más mutilados por la erradicación manual.

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