Opinión

Aplausos por la condena a la Iglesia

Celebro porque nuestra reblandecida rama judicial todavía tiene juristas dispuestos a defender el frágil tesoro de la separación entre Iglesia y Estado

Por:
octubre 12, 2015
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Suelo repetirlo bastante: son muy pocos los motivos genuinos que tenemos para sentirnos orgullosos de ser colombianos.  El orgullo no es otra cosa que la legítima autovaloración positiva por un logro alcanzado y la inmensa mayoría de los motivos de orgullo que nos venden, no son otra cosa que resultado del azar o del esfuerzo individual.

¿La biodiversidad?: es resultado del azar geográfico, no de nuestro trabajo.
¿Los triunfos de los deportistas?: responden en su mayoría a esfuerzos individuales titánicos y a peripecias familiares.
¿La belleza de nuestras mujeres?: son resultado de la genética (y cada vez más, tristemente, del diestro bisturí de los cirujanos.)

Sin embargo, de cuando en vez aparecen logros realmente colectivos o manifestaciones de las instituciones que nos representan, que justifican de modo contundente el devaluado sentimiento de orgullo nacional. Viene a mi cabeza, para poner un ejemplo, el bello movimiento social y estudiantil de La Séptima Papeleta, que desembocó en la Asamblea Constituyente y en la Constitución de 1991.

La pasada semana, la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia, convirtió a Colombia en el primer país del mundo en condenar a la Iglesia Católica, como institución, por los casos de abuso sexual infantil perpetrados por sus clérigos.

La histórica sentencia penaliza a la Diócesis del Tolima por el delito de su sacerdote Luis Enrique Duque quien, por demás y como es lógico, paga su sentencia en establecimiento carcelario convencional.

La reacción de los defensores de la Iglesia se centra en el argumento de que no es posible culpar a un colectivo por las acciones de un individuo. La corte anticipa esa objeción y la resuelve en la sentencia misma aclarando que el trabajo espiritual y terrenal de los sacerdotes no constituye una labor individual sino que lo desarrollan en nombre de la Iglesia, quien, al avalar tal representación, debe responder civilmente por los daños ocasionados por su ejercicio abusivo.

Convengamos que la postura de La Corte puede ser objetada y contraargumentada. Eso no viene al caso. La razón por la que celebro de pie la sentencia de la Sala Civil no es la condena misma, sino la constatación de que nuestra rama judicial, tan reblandecida, tan justamente criticada, tan insípida, todavía cuenta con juristas dispuestos a defender el frágil tesoro de la separación entre Iglesia y Estado.

No se imaginan los que no conocen este país, lo instalado que está el medioevo religioso y reaccionario en el corazón de los colombianos. Si alguien lo duda, basta que constate quién puntúa en las encuestas para la Alcaldía de Medellín.

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