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Opinión

Youtube… ¿a cómo?

Por:
junio 17, 2013
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Recientemente estuve viviendo sola y no, no fui un desastre. Pero aprovecho este espacio no solo para darle las gracias a mi mamá que fue a instalarme y a asegurarse de que tuviera una cama decente, sino a todos esos usuarios anónimos de Youtube que dedicaron tres valiosos minutos de su vida para filmar un corto tutorial de los elementos básicos para sobrevivir —con estilo— y especialmente a los artistas que hicieron que en mi cuartico de 15 m2 yo no me sintiera sola. Hice rissotto al funghi, abrí una lata sin abrelatas y sin tener un duelo a muerte (hambreada) con un cuchillo, desmanché algunas de las camisas víctimas de esa blusa azul rey nueva que eché a la lavadora con todo, vi películas viejas gratis (legales) y no tan viejas (menos legales), descubrí música nueva, oí conferencias, en fin, qué no hice.

Ahora —de nuevo en casa— me pregunto si quizás, con este y otros portales de internet por medio de los cuales accedemos a información, me estaba acostumbrando a que las cosas son gratis.

Piense en la última vez que compró un álbum de música (y/o en la proporción “todoslosquemebajé”/ese que compré), que decidió pagar el extra en el New York Times para poder leer más de 20 artículos al mes o que navegó alegremente el maremágnum de información gratuita que tenemos a la mano en la web, cambiando de página cada vez que alguien le quiso cobrar la módica suma de tres dólares.

Internet es capaz de crear una especie de gran comunidad global en la que todo el mundo comparte, se ayuda y crea de manera gratuita. Gracias a la liberalidad de muchos cibernautas ahora podemos usar Wikipedia y no tenemos que comprar la costosísima Encarta (o la anterior bellísima Enciclopedia Británica). Me imagino que los grandes idealistas de finales del siglo XIX alucinarían ante el mar de posibilidades y libertades que los que vivimos conectados —porque así es, y no necesariamente es malo— tenemos y utilizamos a diario.

Youtube es otra de estas plataformas. Imagínese solamente lo que significa poder escuchar a Nina Simone, sin tener que comprar un disco, poder escuchar el Commencement Speech de Harvard, tomar clases de yoga y aprender a cocinar bueno, bonito y barato (ah, y light). Todas estas cosas me habrían costado una fortuna hace 15 años y hoy son gratis —luego de comprar el computador y pagar la conexión a internet—.

Esto hace que me pregunte de qué viven esos que producen lo que yo disfruto gratuitamente. La respuesta que es que de la publicidad, porque aunque muchos lo hacen desinteresadamente, de algo hay qué comer. El músico que, además del placer de hacer música, cuelga su video en Youtube esperando hacerse conocer y que eventualmente lo contratarán para toques y que, por el otro lado, esas páginas se sostienen porque tienen publicidad que paga. Y sí, tienen razón.

El problema de vivir de la publicidad es que hay que tener una capacidad (económica) de supervivencia importante para poder pautar, primero, —para poder grabar videos de verdad para “hacerse conocer” — y segundo, para poder sobrevivir a un punto de quiebre en el que me escuchan/ven/leen mil veces y me contratan una noche o compran un disco.

(Respecto a los precios de la música me referiré en otro momento, pero creería que la idea general, cuando el contenido es gratis, sigue aplicando).

Así, puede que haya un mundo posible y futuro en el que luego de la maravillosa explosión de contenidos e información que significa Internet, las únicas entidades que puedan ser fuertes en la era de la información sean aquellas lo suficientemente grandes como para poderse producir “gratis” (videítos de 4 minutos) y vivir de (pagar) publicidad (Lady Gaga y Coca Cola). En ese mismo mundo, puede que ellas pongan condiciones para pautar en un medio y que esas condiciones actúen a modo de censura de contenidos independientes que pueden o no ser más creativos pero quizás si más libres. Ese es el segundo problema.

En ambos escenarios el contenido independiente es el que sufre. La situación se vuelve como una especie de serpiente azteca que se come la cola: los que (sobre)vivimos con solo Youtube estamos dejando de alimentar la industria de calidad e independiente que es en últimas la que la enriquece —y la que, por ejemplo, yo escucho.

Qué tal que terminemos sacrificando la variedad de contenidos y fortaleciendo ideas hegemónicas (que no son necesariamente malas, pero insisto en el valor de la diversidad per se) por no soportar, económicamente, a los que están tratando de jugársela solos. Qué tal que sea hora de evitar que le mordamos la cola a la serpiente. Lo más probable es que necesitemos urgentemente inventar nuevos modelos de financiamiento realistas y efectivos para que contenidos independientes sigan creciendo en el mundo de Internet sin ahogar Internet. Pero, mientras tanto, qué tal que sea hora de devolver el favor a quienes enriquecen el día a día virtual. Qué tal que sea hora de volver a pensar en pagar.

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