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Opinión

¿Los trabajadores estadounidenses votaron por Trump?

Los sindicatos no lograron convencer a sus bases de combatir la llegada de Trump al poder y eso invita a una reflexión, pero sobre todo a una reinvención

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noviembre 29, 2016
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Hace un par de años visité el estado norteamericano de Pennsilvania, sede principal del sindicato más grande de los Estados Unidos: Los SteelWorkers. Los trabajadores del petróleo se reunían en congreso. Y la oficina de su presidente estaba precedida por un gran cuadro de Barack Obama. Nuestra presencia allá era una muestra más de la gran solidaridad del sindicalismo de Estados Unidos con los trabajadores colombianos.

Era un evento enorme, sobre todo para los estándares del pobre y pequeño sindicalismo colombiano, más de mil delegados de todo el país preparaban la negociación colectiva por rama con multinacionales petroleras. Ya había visitado un año atrás su congreso en Las Vegas. Me sorprendió que en la instalación participó en persona la congresista Nancy Pelosi, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes. La mujer que detuvo 5 años la ratificación del Tratado de Libre Comercio entre EE. UU. y Colombia.  Y en video, el mismísimo Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo envió un mensaje a los obreros gringos.

La influencia del sindicalismo norteamericano, en cabeza de la central sindical AFL-CIO, en la vida política de los Estados Unidos y en especial en del Partido Demócrata ha sido decisiva en los últimos 75 años.

Los cuadros de la AFL son muy importantes para movilizar al electorado demócrata y además son importantes financiadores del partido. En consecuencia, en estas elecciones el liderazgo de la AFL se jugó a fondo por la candidatura de Clinton, incluso desde las primarias. Pero como se vio, una enorme proporción de cuadros y afiliados sindicales apoyaron a Bernie Sanders. Quizás por eso el triunfo de Clinton en la competencia por la nominación terminó siendo agónica y su candidatura débil.

Hoy, la derrota no esperada de los demócratas, muestra cómo los empobrecidos estados desindustrializados del país se le salieron de las manos a las otrora poderosas organizaciones sindicales y que su campaña para “descarrilar a Trump”, no  funcionó. La señora Clinton ganó el voto popular pero perdió por poco el voto en cuatro estados posindustriales (el famoso Rust Belt o cinturón del óxido) y eso tiene a Trump en la puerta de la Casa Blanca.

La verdad es que, a pesar del enorme apoyo de los generadores de opinión, empresarios, sindicatos, y el aparato demócrata, a la AFL empezaron a llegar las historias del rechazo a la candidata demócrata y el apoyo de bases sindicales y trabajadoras a la candidatura de Trump. Las encuestas preelectorales en EE. UU. mostraban, con una leve ventaja, a Hillary como presidenta en los estados posindustriales: Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, y Ohio pero con carteles, adhesivos, camisetas y discursos de líderes sindicales en esos estados la balanza se inclinó a favor de Trump.

Las promesas de Trump sobre retorno de empresas y fábricas a EE. UU., de renegociación de los tratados de libre comercio o sobre su desprecio al cambio climático, y la oferta de retorno al proteccionismo económico, pudo más que toda la campaña mediática en su contra.

Otro tema que parece haberle dado buen resultado es su discurso estridente contra los musulmanes, los latinos y todos los inmigrantes ilegales. Son muchos los norteamericanos blancos y protestantes que identifican a estas poblaciones como los que les quitan empleos y generan inseguridad.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos demostró un rechazo de sectores la clase media al libre comercio, a la sensación de inseguridad y a la inmigración, pero también evidenció el auge del cristianismo de derecha y fundamentalista. Esa clase media que mientras en las décadas de los 50 y los 60 podían mantener a su familia con su salario, hoy requiere de dos trabajos para hacerlo. Fue un rechazo de grupos de trabajadores víctimas de las políticas neoliberales de “libre comercio” y desregulación de los capitales financieros que han fundamentado la política económica de los dos grandes partidos en los últimos 35 años.

 

La estrecha victoria de Trump en el “Rust Belt”–estados desindustrializados y empobrecidos-,
es una alerta para el sindicalismo norteamericano
que tendrá que enfrentar una agenda brutal en contra desde el nuevo gobierno

 

La estrecha victoria de Trump en el “Rust Belt” (Cinturón de óxido) –para referirnos a los estados desindustrializados y empobrecidos-, es una alerta para el sindicalismo norteamericano que tendrá que enfrentar una agenda brutal en contra desde el nuevo gobierno. El sindicalismo de maestros, por ejemplo, no la tendrá nada fácil. Trump acaba de nombrar, como secretaria de Educación a Betsy DeVos, una multimillonaria conservadora promotora de la privatización de la educación pública. Trump declaró que DeVos logrará “reformar el sistema de educación de Estados Unidos y romper la burocracia que está frenando a nuestros niños para que podamos ofrecer una educación de clase mundial y opción escolar para toda familia”. En pocas palabras Trump dijo que el peor enemigo de la educación de los niños es el sindicalismo magisterial.

El sindicalismo norteamericano en general tendrá que defender la negociación colectiva, puesto que los republicanos, ahora en el poder, promoverán las llamadas leyes de “right-to-work”, que permiten a trabajadores no sindicalizados disfrutar de los beneficios de los contratos colectivos sin tener que contribuir con cuotas a la organización lo que debilita el funcionamiento y la cooperación internacional que sindicatos como los norteamericanos hacen con países como los nuestros.

El gran reto para el sindicalismo norteamericano será mantenerse como interlocutores políticos de trabajadores sindicalizados y no sindicalizados y  al mismo tiempo portavoces de la protección del empleo sin mensajes xenófobos y sin apelar al miedo y a mentir como ha hecho Trump, con quien, sin duda alguna, tendrán que combatir, de la misma forma que lo hacen los empleados de los múltiples negocios del ahora presidente, que como empresario es abiertamente antisindical y se niega a negociar convenios colectivos.

Los sindicatos no lograron convencer a sus bases de combatir la llegada de Trump al poder y eso invita a una reflexión, pero sobre todo a una reinvención. Serán cuatro años difíciles, no solo para nuestros hermanos sindicalistas norteamericanos sino para todo el sindicalismo internacional que vivirá las consecuencias de tener a un mentiroso y ultraconservador gobernando al mundo.

ADENDA: ¡Hasta siempre comandante Fidel Castro!

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