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El Joe reinventó la música Afro y Caribe

La obra de Joe Arroyo va más allá de las diez canciones adaptadas y su secreto pudo estar en la manera como logó rehacer ritmos escondidos, en una exitosa fórmula musical enriquecida por su inigualable condición vocal.

Por: Eric Palacino Zamora.
enero 10, 2017
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El Joe reinventó la música Afro y Caribe

Ahora que se habla de los supuestos plagios del Joe, es importante considerar que más allá de los títulos enunciados en diferentes informes como; A mi Dios todo le debo, Mini Mini, Teresa Vuelve, Yamulemau, Bolobomchi, la Rebelión, Tal para Cual, y Musa Original, que no superan diez canciones, la obra de Arroyo es extensa y abarca géneros como el chandé, la maestranza, el porro, el fandango y  la salsa ,entre otros a los que le dio brillo con su calidad interpretativa.

Los denominados himnos del Joe no son precisamente los mencionados en las notas- denuncias y se debe advertir que célebres números de este cartagenero son de la firma autoral del inolvidable Isaac Villanueva para las canciones El Ausente, El Árbol, El Cocinero Mayor, La vi partir o Los Patulecos, cuando Arroyo conformaba al lado de Wilson Saoco, la exitosa pareja vocal de la orquesta de Julio Estrada Fruko.

Los seguidores del Joe tenemos entre canciones icónicas,  la dedicatoria que le hizo a Barranquilla (En Barranquilla me quedo), el que se inspiró en  los bailadores, ( Pal bailador) el pregón de los trasnochadores (Centurión de la noche), el que le regaló a su viejo (El negro chombo), la melodía para su esposa (Mi Mary), también los cantos maravillosos a su hija Tania (Tania y Tania dos). De su calidad como cantante dan testimonio las grabaciones de obras espléndidas como Hasta amanecer, El Barbero, Amerindio o el Son Apretao.

Joe fue quien puso en el panorama musical del mundo cumbias, chandés y maestranzas,  la  vorágine musical de un alquimista, que se cansó de cantar éxitos salseros con el maestro Julio  Estrada y volvió al Caribe para  reinventar la rumba, para develar  arcanos y antiguos sonidos afros, para verter en un mismo caldero los cantos antillanos, los lamentos brujos lucumís y  los  pregones de zafra, rebeldes, azarosos , con rumor  marino, con ropaje de marimba  y tambora.

¿De qué está hecho el Joeson?; ¿dónde reside el hechizo de las canciones del señor Arroyo?;  ¿qué se fumó para proponer  esta  inverosímil ecuación musical?; ¿Cómo se rompió el coco para  lograr la perfecta convivencia de un  guache,  un  sintetizador, un clarinete y un güiro?; ¿ Cómo  se pudo internar en  los aires ancestrales para devolvernos una música tan frenética  y sensual,  pero a la vez vernácula y sagrada, tan gozada por rumberos, incansables habitantes de la noche; a la vez aplaudida en recintos y estudiada por sesudos investigadores  exegetas de  la corchea y la semifusa.?

Esta música que trajo Joe en los ochenta era otra cosa. De  salitroso efluvio cartagenero, cobriza y   con tibios  hálitos de  sudor de mula,  de  patio calcinado,  olorosa a  Sincelejo, a boga, a boñiga, a  gaitero, pero al mismo tiempo,  insular, de rítmicos acentos antillanos,  de piel densa y oscura, habitada por noctámbulos  duendes mulatos, burlones y obscenos que se fugaron entre flautas dulces y bombardinos, que aceptaron la invitación de Arroyo para pasearse en  cumbiones, calipsos y champetas, en  porros  y fandangos.

El rey del carnaval

  La poesía de este negro cartagenero enamoró a Barranquilla, con sus canciones de barberos y amerindios, a bailadores y rumberas,  sones apretaos, escuchados hasta el amanecer, hasta tumbar el techo en casetas calurosas, atestadas de sedientos  bailadores y  perfumadas de licores rancios. La marimonda y el congo tuvieron cómo expresar  la policromía  de sus almas gozosas, los canutillos  y las piedras titilantes  abandonaron  los disfraces y caretas para mutarse en la sustancia, en la savia  de  sus cantos paganos.

En la noche lo visitaba la musa, lo acompañaba en el  eterno desvelo, en ocasiones le soplaba milenarios trabalenguas, fragmentos de  añejos dialectos mandingas,  hurtados  por bucaneros y corsarios que los  escucharon a orillas  del  Níger y  en las costas  de Senegal, trasladados en sigiloso desembarco  por musculosos bantús hasta la ciudad de  mohosas murallas, para que Joe los reinventara en  las partituras invisibles que le surgían como dibujos  pintados con sinuoso humo de cigarro sobre el éter salpicado de locura que precedía  sus amaneceres.

Así nacieron sus Tumanyes,  Si So Goles y Matiaguas, música acuosa que dormitó oculta en cofrecitos perlados de óxido y olvido,  que llegó con  su rumor marino, de golpeteo de ola contra roca vestida de  corales verdes y magentas, sonidos que el  Joe reprodujo con  su voz de fauno en celo, imitando  la alegría contenida en  las notas altas de una  trompeta, las voces tribales  que esconde  un tambor y, por supuesto, los profundos  dolores que atesora  un  piano.

Sobre la simétrica  sonoridad de su inseparable clave, aventuró sonidos improbables  hasta ahora,  pero fue   respetuoso y ortodoxo en el chandé y la maestranza, su voz libertaria  gobernó a su antojo en el vasto territorio de la rumba afroantillana, en el fragor de los carnavales curramberos,  de las verbenas picoteras, de Palenque al Jorge Eliécer, de la plaza Majagual al Madison Square Garden.

Nos quedó  la impronta de su música irrepetible,  el recuerdo de  golpe de clave, la leyenda del hombre que murió  tres veces y que en la madrugada del 26 de julio de 2011 se elevó convertido  en sortilegio de gaitas, sobre el cielo caribe, tachonado de nubes incendiadas, al  lado de los alcatraces que  observaron  en su vuelo el encanto de un puñado  de barcos  adormecidos  sobre una  bahía que desnudó  los más  crudos  silencios.

 

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